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Mª Carmen Aparicio, Joaquín Gericó y Pilar Grande |
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A las cuatro de la mañana del sábado día 11, las aguas del Tormes pasaban bajo el puente de Alba en un plácido y silencioso sueño. En la Plaza del Grano, poco a poco fue arremolinándose el bullicio de jóvenes cargando con sus instrumentos, defendidos y a buen recaudo en sus estuches y maletas. Dos grandes autobuses abrían su barriga a los músicos, la mayoría de ellos entre los quince y cuarenta años. Mario tiene solo siete años y ya lleva unos cuántos conciertos encima, le sigue David, con 11. Los dos, espabilados y listos, aprenden música con rapidez y dentro de nada la lectura en los pentagramas será para ellos pan comido. De momento son percusionistas, pero les gusta enredar, jugar...son niños.
Mito Cotobal (saxo barítono) pasa de los 70, es el más veterano de los músicos. |
Es la Banda Municipal de Música de Alba de Tormes. Cumple diez años, luce nuevo logotipo y página web y ya está lista para afrontar uno de sus compromisos más serios y trascendentes de su corta vida: tocar en el Palau de la Música de Valencia, uno de los “Olimpos” de la música clásica de España. No es su debut en este majestuoso escenario que han pisado los músicos, artistas y bandas más prestigiosas del mundo. Es la tercera vez que pisan el parquet del Palau, pero en esta ocasión lo hacen para estrenar dos obras con carácter absoluto, una de ellas, “Fantasía Española para Castañuelas y Orquesta de Viento”, es pieza que ha costado varios meses de ensayo y mucho esfuerzo por su difícil interpretación y laboriosa, pero brillante y novedosa, introducción de las castañuelas como instrumento de concierto. Y un nuevo pasodoble, “Javier Valverde, Torero”, dedicado al novillero salmantino.
Todo el mundo, a las cuatro y media de la mañana, sube a los autobuses con destino a la ciudad del Turia. Nerviosos, preocupados, pero con una tremenda ilusión de tocar de nuevo, tras varios años, en un escenario de tanta categoría.
Faltan diez kilómetros para llegar a Valencia. Por el móvil Mario contacta con Vicente Palop (fagot) que sale a nuestro encuentro con su coche por una autopista paralela. Parece milagroso pero empalmó con nuestros autocares como dos exactos trapecistas en vuelo. Y nos guió hasta los hoteles.
PILAR GRANDE, LA DAMA DE LAS CASTAÑUELAS
Pilar Grande es una mujer de una llamativa humanidad, una persona bondadosa y un auténtico prodigio con las castañuelas. Con estudios superiores de música y danza, se hizo pronto concertista de éste inusual instrumento que ella maneja con una admirable habilidad, armonía y equilibrada musicalidad, dando una gracia y un ángel a la interpretación con la banda de la “Fantasía Española para Castañuelas y Orquesta de Viento”, que pone a la gente de pie entusiasmada. Ocurrió en el concierto ofrecido en el Teatro cultural de Alcásser, a nueve kilómetros de la capital, que la Banda ofreció el sábado a las siete y media de la tarde, como prólogo y ensayo general (con el teatro casi lleno) del gran día. Pero en el Palau, la larga ovación fue sobrecogedora. Pilar es encantadora, su personalidad transmite una emotividad asombrosa en el escenario, lo llena, lo somete, lo domina. Y como es tan sincera, emociona.
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Final del concierto en Alcàsser. De izquierda a derecha: Xavier Richart, Alejandro Blay, Toño Blázquez, Pilar Grande, Mª Carmen Aparicio y Mario Vercher. |
Es un homenaje de la Peña Taurina Javier Valverde a su torero. El maestro Gericó ha escrito una obra de mucho y bien equilibrado bamboleo armónico. Con partes iniciales y finales con mucho poderío y un nudo en el Trío que el flautín de Mara acolcha en una ternura exquisita. Mari Carmen Aparicio lo interpreta con soberbia fuerza expresiva. En Alcásser sufrió lo suyo por problemas con el micrófono. En el Palau casi le da un patatús porque parecían repetirse de nuevo las mismas circunstancias. Finalmente lo pudo ensayar como es debido y en su actuación quedó expresado con la fuerza arrolladora de su garganta. La ovación fue de gala.
Comimos todos en el Ateneo Mercantil, situado en la plaza del Ayuntamiento. Los hoteles cerquita unos de otros. En el Londres la recepcionista le comenta a Gertru (oboe): “¿de dónde sois?”, de Alba de Tormes, de Salamanca, contesta ella. La empleada del Hotel le dice sorprendida: “pues muy buenos músicos tenéis que ser para venir a tocar al Palau”.
Valencia es una auténtica y desbordaba verbena, un océano de alegría desatada en las calles, plazas, fuentes públicas...los coches aceleran por las avenidas desquiciados por la embriaguez del éxito liguero. Todo es fútbol. La afición balompédica es, más que nunca, sinónimo de orgullo. Cohetes, tracas, fuegos artificiales espléndidos porque también se celebra esa noche en la Plaza de la Reina “Les Dances” a la Virgen de los Desamparados. Hombres y mujeres con sus mejores galas de trajes regionales y pura exaltación valenciana. Los músicos de la Banda han salido a dar un garbeo después de cenar y se suman a la fiesta, como infiltrados charros y alucinados.
Nos levantamos pronto, hay que prepararlo todo, estar disponibles para el pertinente y obligatorio ensayo previo ya en el escenario. Javier y Francisco conducen los autocares de Cosme. Llegan al Palau, en conducción tranquila, cruzando Valencia. Los gestos de los músicos apenas definen los rostros: serios, preocupados, conscientes de que el concierto tiene “mucha tela” y la noche, en algunos casos, ha estado llena de inquietud y desasosiego. Todos abajo, Andrés Aparicio, con su furgoneta ha trasladado ya la percusión, los instrumentos delicados y más voluminosos. Andrés sufre una conjuntivitis que le produce un tremendo escozor en los ojos, se pone y se quita las gafas negras. Nos tiene preocupados. Al final tuvo que ir a urgencias. Su trabajo no tiene precio. Un tipo peculiar y, sobre todo, muy buena gente.
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Últimos preparativos en el escenario del Palau. Todo listo para el ensayo. |
El Palau impresiona por su majestad, parece un altar. Es increíble. En el centro, un sistema de elevación hace emerger como una aparición la percusión. Los músicos calientan, afinan instrumentos, se hacen al escenario, se prueba el sonido, el maestro Gericó comenta con los dulzaineros Xavier Richart y Alejandro Blay detalles de su actuación. Todo preparado. El coordinador, Toni Aranda está en todo, los técnicos, uno en cada puerta del escenario con sus cascos para recibir y dar órdenes, los solistas, el presentador...la Banda ya está perfectamente uniformada, sentada. El aforo se ha llenado en poco más de media hora, cerca de ochocientas personas esperan impacientes a que comience el espectáculo. Sale el presentador. Hay algo en el aire que hace presentir un tiempo inolvidable.
Joaquín Gericó Trilla es un reputado compositor valenciano, nacido en Alcásser. Compañero de estudios del director de la Banda, Mario Vercher, ha colaborado con este colectivo musical en puntuales ocasiones de grabaciones concretas. La Obertura “Alba de Tormes” es su cariñoso cordón umbilical con Alba. Catedrático de Flauta Travesera, acaba de publicar un libro esencial sobre la historia de este instrumento y el sello “Piccolo” edita habitualmente sus CDs de conciertos y piezas para flauta. Gericó es un compositor que ha descubierto caminos nuevos y brillantes para instrumentos que no son habituales en los conciertos de “alto estanding”, como la dulzaina y las castañuelas.
Su sintonía con la Banda de Alba es perfecta. Un oleaje sincero y persistente de ovaciones arropó su trabajo en el Palau. Para él, también fue una mañana mágica.
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El público en pie ovaciona a los músicos tras el concierto para dos dulzainas.
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Alguien dice, de vuelta ya para Salamanca, afrontando los primeros kilómetros, que lo malo es que hay un “después” del concierto. Que mañana es lunes, vamos. Nadie habla, se rumia el éxito alcanzado. Inenarrable, la gente, puesta en pie, aplaudiendo a Pilar Grande, a Joaquín Gericó, a la Banda, a los dulzaineros (geniales), sin parar, y ellos se meten y vuelta a salir y siguen aplaudiendo, así pasan más de diez minutos. Nada es comparable a eso, al éxtasis del triunfo en el cofre de la música clásica, en el Palau. Es demasiado. Los músicos, la mayoría jóvenes y muy jóvenes, parecen estar ya desposeídos de adrenalina. En calma, como que sueñan despiertos. Luego ya hablan entre ellos, emocionados. Mario Vercher, el director, les da la enhorabuena con emoción contenida. Sabe que han trabajado duro todos, han sido muchas horas seguidas tocando, sujetos a la dictadura de la disciplina que impone una forma de hacer música tan estricta, pegada al rigor y al sufrimiento.
Paramos en un Restaurante de carretera muertos de hambre. No hay viandas para dos bandadas de músicos en ruta que se comerían dos elefantes. Y como “no hay casera”, vuelta al autobús. Volvemos a parar en un Autogrill, grande, con unas brujas de regalos en la tienda de souvenirs maravillosamente horrorosas. Muchos se han dormido de cansancio.
Apenas nos damos cuenta, entramos en Alba, sus calles, las familia que esperan a los músicos del largo viaje. De nuevo en casa. El Palau ya es historia, la Banda de Alba una ilusionante y firme realidad. |